martes, 8 de marzo de 2016

Una de rabas

Llegabas a casa de madrugada,
a la hora del tercer sueño,
justo cuando estaba a punto de besar
a la princesa.
Aunque tratabas de no hacer ruido
te traicionaba el pestillo,
la tabla que crujía justo en la entrada,
la respiración fatigada.
 Te oía llegar a la cocina,
derrumbarte en una silla
y encender un ducados.
Yo me levantaba a abrazarte,
Y respiraba aquella mezcla de olores:
sardinas asadas, rabas,
aceite quemado, humo,
tabaco, sudor…
un olor que, desde entonces, 
asocio a la dignidad.
Te preguntaba qué tal
y tú, como siempre, me respondías
con un escueto:
“Bien. Cansada”.
Me dabas un beso y yo
volvía al sueño.
Volvía a luchar contra dragones,
a rescatar princesas…
Han pasado veinte años,
y aquel olor aún está fresco
en mi memoria.
Pero ahora comprendo la verdad.
Tú eras la heroína que derrotaba
día a día
al dragón, para rescatar y proteger
a un pobre príncipe desteñido.
 El mismo que hoy te dice
gracias.

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